miércoles, 8 de octubre de 2025

RELATO FANTÁSTICO

De cualquier actividad cotidiana puede surgir una historia fantástica  y nuestros alumnos de tercero de ESO B y C, inspirados en el relato El ajolote, de Julio Cortázar, lo han conseguido.
Espero que disfrutéis de sus creaciones.

CASTIGO

Siempre he disfrutado de la soledad. Para mí, nunca fue necesario ir en grupo. Eso no significa que aborrezca la compañía. Simplemente prefiero ser el testigo. Hay gente que avanza haciendo mucho ruido, haciéndose notar allá donde va. Yo soy más de seguir a esas personas inadvertidamente.

Es entretenido expectar la siguiente jugada en la vida de una persona. Mi existencia tiene como único objetivo eso: observar y analizar, ser espectador de cada caída, cada movimiento, cada palabra de la vida de los sujetos que despiertan mi interés, siempre ignorantes de mi existencia, engañándose con banalidades y afianzándose a sus logros hasta que, finalmente, desaparecen.

Hace muchos años que no hablo con nadie. Tampoco es que me interese. Una vez conocí a alguien que me resultaba familiar. Me recordaba un poco a mí. No físicamente, claro está. No tenía ni mi color de pelo, mis ojos, la forma de mi cara, porque yo carezco de pelo, de ojos, de cara. Pero, aún así, me parecía similar a mí. No podía preguntarle su nombre. Tampoco podía presentarme siquiera. Sólo era capaz de hacer lo que siempre he hecho: observar. Observé a esa persona durante largo tiempo. En esos años, vi todos sus pasos, escuché todas sus frases, contemplé todos sus actos. Soy naturalmente paciente. Finalmente, la incertidumbre que me atormentaba se vio resuelta. El sujeto de mis observaciones mantuvo una conversación con lo que podría ser un abuelo suyo. El viejo pronunció un nombre que ya no era mío. Despertó un recuerdo oculto por el tiempo. Traté de hacer memoria. Lo último que sentí antes de dejar de usar ese nombre es un gran dolor en el pecho. Una cara mirándome. El sonido de un trueno.

Ahora ya hace mucho que dejé de poder ver al sujeto. Eso me entristece más a mí que a él. Sobre todo porque nunca me conoció. Aún así, nunca me aburro. Ahora estoy siguiendo a otra persona. Puede que yo sea el único que haga esto, o a lo mejor soy una entre un millón de invisibles rostros atentos, público de los miles de millones de actores de esta obra. Sea como fuere, no me importa. Siempre he disfrutado de la soledad. Eso se convierte en una virtud cuando ya no vives.

Nolasco Martín Fernández, 3º C





TENGO BOCA Y NO PUEDO GRITAR

Llevo días aquí encerrada contra mi voluntad. Las paredes, antes de un azul claro y ahora desgastadas, muestran un blanco sucio. La sensación es agonizante y, aunque grite, nadie me va a escuchar a mí, el experimento ciento doce. Me gustaría saber qué o quién fue el primero, también querría saber quién empezó esta locura: experimentar con personas… Están dementes, o eso pienso desde que estoy aquí. A lo mejor soy yo la demente, puede ser que esto solo sea una alucinación y ya haya vuelto con mi familia.

De repente algo cálido entró a través de la puerta, algo que llevaba mucho tiempo sin sentir. Decidí echar un vistazo a través del pequeño cristal blindado que tenía en la parte superior. Vi a todos en pánico y a una extraña al final del pasillo. Las puertas, grandes y pesadas, hechas con un hierro específico se abrieron y logré avistar de dónde provenía la luz, era fuego. Todos gritaban y corrían, pero hacía mucho que yo había perdido el sentido de escuchar.

Miré hacia delante, frente a mí se encontraba Axel, ya lo había visto antes en los almuerzos. Su bata blanca (al igual que la mía) estaba un poco quemada. En su etiqueta ponía su nombre; “Axel Cooper” y debajo el número noventa y cuatro. Él me gritó pero seguía sin oír.

Me agarró del brazo y me arrastró hacia fuera, pude llegar a ver las blancas paredes de los pasillos una última vez, normalmente eran tranquilos, con los experimentos más estables caminando por ellos libremente. Ahora, estaban llenos de caos y dichos experimentos no estaban, eran unos cobardes así que debieron salir primero. Miré hacia adelante, y vi la salida de incendios, la luz que provenía de ella no era como la del fuego. Era cálida pero… agradable.

Al salir, lo primero que hice fue decirle gracias a Axel, me había salvado. Miré mi piel, pálida como un diente de león debido a la falta de luz solar, ahora bañada por ella. No pude evitar sonreír, estaba ansiosa por volver a sentir ese tacto.

Míré a mi alrededor, Axel estaba tumbado en el suelo, jadeando por correr demasiado rápido. Levanté la mirada, estábamos en medio de un bosque. Me acerqué a un árbol, las yemas de mis dedos tocaron suavemente y notaron su rugosidad, sus imperfecciones. A lo lejos, logré avistar una pequeña pradera repleta de flores. Dirigí la mirada hacia Axel y le dije que iría un momento al prado. Él levantó una mano completamente cerrada con el pulgar hacia arriba y me dirigí hacia la floresta sin pensarlo dos veces.

Las horas pasaron lentamente -- amo cuando pasa eso así puedo disfrutar mejor de cosas como esta--. Me giré y vi a Axel, mirando hacia la pradera, parecía sorprendido y empezó a acercarse a mí mientras hablaba. Logré leer sus labios un poco: “El número cincuenta y cuatro ha iniciado el incendio”. El resto no logré descifrarlo, sólo una pequeña parte, la cual me llamó la atención: 

Al parecer, el laboratorio era algo ilegal”. Sonreí de nuevo, si era ilegal no volveríamos. Extendió los brazos y rodeé a Axel con los míos mientras el sol caía en el horizonte. Habíamos ganado la pelea, pero no sabíamos que la batalla estaba a punto de empezar.

-Tengo boca y no puedo gritar.

Alejandra Martín Pachón 3ºC




LA NIEVE TAMBIÉN CAE EN VERANO

Todo empezó una fría tarde de invierno, una de esas tardes de fin de semana en que sabes que nada importante pasará, el mundo seguirá existiendo y siendo igual al día siguiente. Sin embargo, esa tarde sí ocurrió algo inimaginable, y le ocurrió a una joven cualquiera, en un lugar cualquiera mientras caminaba por una acera cualquiera. Se llamaba Adele y no tenía nada de especial. No era muy inteligente en la escuela, pero tampoco suspendía. No era buena en los deportes, pero se defendía. No era muy popular, pero tenía un grupo cercano de amigos. Era como tú y como yo, normal.

Ese día venía de estudiar de la biblioteca, estaba relajada y feliz, todo le iba muy bien. Por estar concentrada en ese fabuloso sentimiento que la invadía, no vio llegar a la vieja loca que corría tras ella. Notó como una fuerza la tiraba al suelo, al incorporarse la cara de aquella señora se encontraba a pocos centímetros de la suya propia.

Esta noche… es esta noche —susurró. La joven se asustó e intentó apartarse de ella a toda costa, pero algo la retenía.

Cuando el reloj toque las doce yo estaré ahí… Ten fe o padecerás una vida de desdichas, chiquilla… —esta vez habló más fuerte y claro, no eran imaginaciones suyas.

Adele volvió a intentarlo, intentó escapar de nuevo. Esta vez lo consiguió. Mientras corría escuchó otra vez a la loca gritarle:

¡Recuerda mis palabras, Adele!¡Ten fe o perecerás!

Ella continuó su día, esa mujer la inquietaba pero no iba a permitir que le destrozara la maravillosa tarde de invierno que estaba teniendo. Olvidó las advertencias por completo, ya mañana pensaría en ello. Llegó la noche y seguía sin recordar lo que esa vieja loca había gritado con tanta insistencia.

Adele no era muy organizada, tampoco un desastre. A pesar de eso había algo sagrado para ella, la hora de dormir. Desde pequeña le habían inculcado que había que irse a dormir antes de la medianoche, y así lo hizo. Se acostó a las 23:30 y a las 23:55 ya estaba sumida en un profundo pero inquieto sueño. Llegaron las 00:00, y como la loca predijo un inmenso resplandor inundó la habitación de la joven, ella siguió durmiendo. La vieja loca se acercó hasta ella y le acarició la cara con sus asquerosas manos llenas de mugre.

Te lo advertí, dulzura. Que pena, una chica tan bella condenada a una eternidad tan insoportable. —Se acercó aún más y le besó la frente.

De pronto Adele abrió los ojos, pero ya era demasiado tarde, todo daba vueltas. La vieja loca ya no estaba junto a ella, tampoco se encontraba en su habitación. La joven se levantó como movida por un resorte y corrió dentro de la esfera en la que se encontraba hasta tocar la pared de cristal. No había salida. No era posible. La nieve caía incesablemente sobre su nueva casita de jengibre.

Cayó al suelo, no podía ser posible, tenía que ser un sueño. Pero no lo era. Se tendió en el suelo nevado, llorando por su desdicha. Al mirar arriba la vio. La vieja loca la miraba desde arriba de la bola de nieve, mofándose de ella por haber sido tan necia.

María Moreno Rodríguez, 3º C



¿QUÉ SOMOS?

Aquella mujer paseaba bajo el cielo encapotado de Londres por el barrio de Bloomsbury, llevaba haciéndolo tanto tiempo que no se acordaba de la vez que empezó a ir por allí. Pues en el otoño de Londres siempre hacía lo mismo, caminaba por el barrio hasta la cafetería donde iba con tanta persistencia. El camarero, un amable señor con aspecto mayor siempre la saludaba de la misma manera:

--¿Cómo se ha levantado hoy? ¡Tiene un aspecto espléndido!

La mujer, de semblante brillante y lleno de felicidad, le sonrió y dijo sonriente y con voz dulce:

--Es un día maravilloso. Me he levantado con ganas de dar un paseo y tomar el té, el de siempre. – Mientras le guiñaba un ojo al camarero, este asintió con elegancia y fue hacia la barra.

A la mañana siguiente despertó con el mismo interés y se dirigió al mismo sitio. Pero ese día la cafetería estaba cerrada, no supo qué hacer, cómo actuar, ni adónde ir.

Decidió entonces que era un buen día para probar otra cafetería, así que se decantó por la que tenía enfrente. Al entrar, le sorprendió ver al mismo camarero, parecía el mismo sitio, la misma cafetería. Era extraño, si a la que solía ir diariamente estaba cerrada. Se sorprendió tanto que decidió comprobarlo. Y efectivamente, a la que ella acudía estaba cerrada. ¿Qué podría estar pasando? Se atrevió a ir hacía otra cafetería más lejana pero en el mismo barrio.

No iba con ninguna predicción ni adelantada a lo que sucedería; sin embargo, para su sorpresa, era exactamente igual que la cafetería a la que ella iba. Le pareció curioso y le restó importancia. Decidió entrar, se sentó donde se sentaría normalmente y el camarero del mismo aspecto, le dijo:

--¿Cómo se ha levantado hoy? ¡Tiene un aspecto espléndido!

No respondió, se quedó muda, mirándolo y preguntándose cómo había llegado hasta allí. Pero en su mente no obtuvo respuesta alguna. Se percató de que ella nunca hablaba con nadie, pensó que no tenía una casa donde acudir, las veía por la calle pero ninguna suya, pensó que siempre que iba no había nadie en la cafetería, pensaba que era porque llegaba temprano, pero ¿todos los días?

Esta vez su pregunta fue otra muy distinta:

--¿Por qué no sopla el viento?

El hombre se quedó callado, mirándola, ¿qué respondería? Si decía la verdad, morirían; de lo contrario, si mentía, no sería creíble, así que diría algo irónico para reírse con ella No obstante, ella estaba con un semblante completamente serio. El camarero se decantó por decir la verdad:

--No existimos, somos insignificantes, una mota de polvo en el aire. Por eso, los días son nublados; por eso, no salimos del barrio. Somos polvo en el enorme mundo que nos rodea, atrapados en el tiempo continuamente.

Lucía Zambrana Prieto, 3º B







No hay comentarios:

Publicar un comentario