CASTIGO
Siempre
he disfrutado de la soledad. Para mí, nunca fue necesario ir en
grupo. Eso no significa que aborrezca la compañía. Simplemente
prefiero ser el testigo. Hay gente que avanza haciendo mucho ruido,
haciéndose notar allá donde va. Yo soy más de seguir a esas
personas inadvertidamente.
Es
entretenido expectar la siguiente jugada en la vida de una persona.
Mi existencia tiene como único objetivo eso: observar y analizar,
ser espectador de cada caída, cada movimiento, cada palabra de la
vida de los sujetos que despiertan mi interés, siempre ignorantes de
mi existencia, engañándose con banalidades y afianzándose a sus
logros hasta que, finalmente, desaparecen.
Hace
muchos años que no hablo con nadie. Tampoco es que me interese. Una
vez conocí a alguien que me resultaba familiar. Me recordaba un poco
a mí. No físicamente, claro está. No tenía ni mi color de pelo,
mis ojos, la forma de mi cara, porque yo carezco de pelo, de ojos, de
cara. Pero, aún así, me parecía similar a mí. No podía
preguntarle su nombre. Tampoco podía presentarme siquiera. Sólo era
capaz de hacer lo que siempre he hecho: observar. Observé a esa
persona durante largo tiempo. En esos años, vi todos sus pasos,
escuché todas sus frases, contemplé todos sus actos. Soy
naturalmente paciente. Finalmente, la incertidumbre que me
atormentaba se vio resuelta. El sujeto de mis observaciones mantuvo
una conversación con lo que podría ser un abuelo suyo. El viejo
pronunció un nombre que ya no era mío. Despertó un recuerdo oculto
por el tiempo. Traté de hacer memoria. Lo último que sentí antes
de dejar de usar ese nombre es un gran dolor en el pecho. Una cara
mirándome. El sonido de un trueno.
Ahora
ya hace mucho que dejé de poder ver al sujeto. Eso me entristece más
a mí que a él. Sobre todo porque nunca me conoció. Aún así,
nunca me aburro. Ahora estoy siguiendo a otra persona. Puede que yo
sea el único que haga esto, o a lo mejor soy una entre un millón de
invisibles rostros atentos, público de los miles de millones de
actores de esta obra. Sea como fuere,
no me importa. Siempre he disfrutado de la soledad. Eso se convierte
en una virtud cuando ya no vives.
Nolasco
Martín Fernández, 3º C
TENGO
BOCA Y NO PUEDO GRITAR
Llevo
días aquí encerrada contra mi voluntad. Las paredes, antes de un
azul claro y
ahora desgastadas, muestran un blanco sucio. La sensación es
agonizante y,
aunque grite, nadie me va a escuchar a mí, el experimento ciento
doce. Me gustaría saber qué o quién fue el primero, también
querría saber quién empezó esta locura: experimentar con personas…
Están
dementes, o eso pienso desde que estoy aquí. A lo mejor soy yo la
demente, puede ser que esto solo sea una alucinación y ya haya
vuelto con mi familia.
De
repente algo cálido entró
a través de la puerta, algo que llevaba mucho tiempo sin sentir.
Decidí echar un vistazo a través del pequeño cristal blindado que
tenía en la parte superior. Vi a todos en pánico y a
una
extraña al final del pasillo. Las puertas, grandes y pesadas, hechas
con un hierro específico se abrieron y logré avistar de dónde
provenía la luz, era fuego. Todos gritaban y corrían, pero hacía
mucho que yo
había perdido el
sentido de escuchar.
Miré
hacia delante, frente a mí se encontraba Axel, ya lo había visto
antes en los almuerzos. Su bata blanca (al igual que la mía) estaba
un poco quemada. En su etiqueta ponía su nombre; “Axel Cooper” y
debajo el número noventa y cuatro. Él me gritó pero seguía sin
oír.
Me
agarró del brazo y me arrastró hacia fuera, pude llegar a ver las
blancas paredes de los pasillos una última vez, normalmente eran
tranquilos, con los experimentos más estables caminando por ellos
libremente. Ahora, estaban llenos de caos y dichos experimentos no
estaban, eran unos cobardes así que debieron salir primero. Miré
hacia adelante, y vi la salida de incendios, la luz que provenía de
ella no era como la del fuego. Era cálida pero… agradable.
Al
salir, lo primero que hice fue decirle gracias a Axel, me había
salvado. Miré mi piel, pálida como un diente de león debido a la
falta de luz solar, ahora bañada por
ella. No pude evitar sonreír, estaba ansiosa por volver a sentir ese
tacto.
Míré
a mi
alrededor, Axel estaba tumbado en el suelo, jadeando por correr
demasiado rápido. Levanté la mirada, estábamos en medio de un
bosque. Me
acerqué a un árbol, las yemas de mis dedos tocaron suavemente y
notaron su rugosidad, sus imperfecciones.
A lo lejos, logré
avistar una pequeña pradera repleta de flores. Dirigí la mirada
hacia Axel y le dije que iría un momento al prado. Él levantó una
mano completamente cerrada con el pulgar hacia arriba y me dirigí
hacia
la floresta
sin pensarlo dos veces.
Las
horas pasaron lentamente -- amo cuando pasa eso así puedo disfrutar
mejor de cosas como esta--. Me giré y vi a Axel, mirando hacia la
pradera, parecía sorprendido y empezó a acercarse a mí mientras
hablaba. Logré leer sus labios un poco: “El
número cincuenta y cuatro ha iniciado el incendio”. El
resto no logré descifrarlo, sólo una pequeña parte, la cual me
llamó la atención:
“Al
parecer, el laboratorio era algo ilegal”. Sonreí de nuevo, si era
ilegal no volveríamos. Extendió los brazos y rodeé a Axel con los
míos
mientras el sol caía en el horizonte. Habíamos ganado la pelea,
pero no sabíamos que la batalla estaba a punto de empezar.
-Tengo
boca y no puedo gritar.
Alejandra
Martín Pachón 3ºC
LA NIEVE TAMBIÉN CAE EN VERANO
Todo
empezó una fría tarde de invierno, una de esas tardes de fin de
semana en que sabes que nada importante pasará, el mundo seguirá
existiendo y siendo igual al día siguiente. Sin embargo, esa tarde
sí ocurrió algo inimaginable, y le ocurrió a una joven cualquiera,
en un lugar cualquiera mientras caminaba por una
acera cualquiera.
Se llamaba Adele y no tenía nada de especial. No era muy inteligente
en la escuela, pero tampoco suspendía. No era buena en los deportes,
pero se defendía. No era muy popular, pero tenía un grupo cercano
de amigos. Era como tú y como yo, normal.
Ese
día venía de estudiar de la biblioteca, estaba relajada y feliz,
todo le iba muy bien. Por estar concentrada en ese fabuloso
sentimiento que la invadía, no vio llegar a la vieja loca que corría
tras ella. Notó como una fuerza la tiraba al suelo, al incorporarse
la cara de aquella señora se encontraba a pocos centímetros de la
suya propia.
—Esta
noche… es esta noche —susurró. La joven se asustó e intentó
apartarse de ella a toda costa, pero algo la retenía.
—Cuando
el reloj toque las doce yo estaré ahí… Ten fe o padecerás una
vida de desdichas, chiquilla… —esta vez habló más fuerte y
claro, no eran imaginaciones suyas.
Adele
volvió a intentarlo, intentó escapar de nuevo. Esta vez lo
consiguió. Mientras corría escuchó otra vez a la loca gritarle:
—¡Recuerda
mis palabras, Adele!¡Ten fe o perecerás!
Ella
continuó su día, esa mujer la inquietaba pero no iba a permitir que
le destrozara la maravillosa tarde de invierno que estaba teniendo.
Olvidó las advertencias por completo, ya mañana pensaría en ello.
Llegó la noche y seguía sin recordar lo que esa vieja loca había
gritado con tanta insistencia.
Adele
no era muy organizada, tampoco un desastre. A pesar de eso había
algo sagrado para ella, la hora de dormir. Desde pequeña le habían
inculcado que había que irse a dormir antes de la medianoche, y así
lo hizo.
Se
acostó a las 23:30 y a las 23:55 ya estaba sumida en un profundo
pero inquieto sueño. Llegaron las 00:00, y como la loca predijo un
inmenso resplandor inundó la habitación de la joven, ella siguió
durmiendo. La vieja loca se acercó hasta ella y le acarició la cara
con sus asquerosas manos llenas de mugre.
—Te
lo advertí, dulzura. Que pena, una chica tan bella condenada a una
eternidad tan insoportable. —Se acercó aún más y le besó la
frente.
De
pronto Adele abrió los ojos, pero ya era demasiado tarde, todo daba
vueltas. La vieja loca ya no estaba junto a ella, tampoco se
encontraba en su habitación. La joven se levantó como movida por un
resorte y corrió dentro de la esfera en la que se encontraba hasta
tocar la pared de cristal. No había salida. No era posible. La nieve
caía incesablemente sobre su nueva casita de jengibre.
Cayó
al suelo, no podía ser posible, tenía que ser un sueño. Pero no lo
era. Se tendió en el suelo nevado, llorando por su desdicha. Al
mirar arriba la vio. La vieja loca la miraba desde arriba de la bola
de nieve, mofándose de ella por haber sido tan necia.
María
Moreno Rodríguez, 3º
C
¿QUÉ
SOMOS?
Aquella
mujer paseaba bajo el cielo encapotado de Londres por el barrio de
Bloomsbury, llevaba haciéndolo tanto tiempo que no se acordaba de la
vez que empezó a ir por allí. Pues en el otoño de Londres siempre
hacía lo mismo, caminaba por el barrio hasta la cafetería donde iba
con tanta persistencia. El camarero, un amable señor con aspecto
mayor siempre la saludaba de la misma manera:
--¿Cómo
se ha levantado hoy? ¡Tiene un aspecto espléndido!
La
mujer, de semblante brillante y lleno de felicidad, le sonrió y
dijo sonriente y con voz dulce:
--Es
un día maravilloso. Me he levantado con ganas de dar un paseo y
tomar el té, el de siempre. – Mientras le guiñaba un ojo al
camarero, este asintió con elegancia y fue hacia la barra.
A
la mañana siguiente despertó con el mismo interés y se dirigió al
mismo sitio. Pero ese día la cafetería estaba cerrada, no supo qué
hacer, cómo actuar, ni adónde ir.
Decidió
entonces que era un buen día para probar otra cafetería, así que
se decantó por la que tenía enfrente. Al entrar, le sorprendió ver
al mismo camarero, parecía el mismo sitio, la misma cafetería. Era
extraño, si a la que solía ir diariamente estaba cerrada. Se
sorprendió tanto que decidió comprobarlo. Y efectivamente, a la que
ella acudía estaba cerrada. ¿Qué podría estar pasando? Se atrevió
a ir hacía otra cafetería más lejana pero en el mismo barrio.
No
iba con ninguna predicción ni adelantada a lo que sucedería; sin
embargo, para su sorpresa, era exactamente igual que la cafetería a
la que ella iba. Le pareció curioso y le restó importancia. Decidió
entrar, se sentó donde se sentaría normalmente y el camarero del
mismo aspecto, le dijo:
--¿Cómo
se ha levantado hoy? ¡Tiene un aspecto espléndido!
No
respondió, se quedó muda, mirándolo y preguntándose cómo había
llegado hasta allí. Pero en su mente no obtuvo respuesta alguna. Se
percató de que ella nunca hablaba con nadie, pensó que no tenía
una casa donde acudir, las veía por la calle pero ninguna suya,
pensó que siempre que iba no había nadie en la cafetería, pensaba
que era porque llegaba temprano, pero ¿todos los días?
Esta
vez su pregunta fue otra muy distinta:
--¿Por
qué no sopla el viento?
El
hombre se quedó callado, mirándola, ¿qué respondería? Si decía
la verdad, morirían; de lo contrario, si mentía, no sería creíble,
así que diría algo irónico para reírse con ella No obstante, ella
estaba con un semblante completamente serio. El camarero se decantó
por decir la verdad:
--No
existimos, somos insignificantes, una mota de polvo en el aire. Por
eso, los días son nublados; por eso, no salimos del barrio. Somos
polvo en el enorme mundo que nos rodea, atrapados en el tiempo
continuamente.
Lucía
Zambrana Prieto, 3º B