lunes, 18 de mayo de 2026

Historia medieval

 



El gran combate

En el año 1150, en un pueblo llamado Arahal, se celebraba un festival de caballeros al lado del castillo del rey don Sancho. Había mucho público celebrando la fiesta y disfrutando del buen comer, pues se podían comprar viandas y bebidas: pollo, vino, cerdo y patatas. Habían escogido para el decorado flores azules como el mar, porque a la princesa le gustaba ese color. El caballero que ganara el festival, sería nombrado el jefe del ejército y recibiría cien monedas de oro.

Mientras sonaban las trompetas, los caballeros se preparaban con sus armaduras de hierro y sus cascos; agarraban sus lanzas y se dirigían hacia el centro del recinto; se sentaban en sus caballos, mientras todo el público los miraba, incluido el rey, su esposa y su hermosa hija. Empezó la competición y, a los pocos segundos, don Nuño, el mejor caballero de todo el condado, ganó dos combates; sin embargo, el tercero lo perdió. Cuando ya lo daba todo por perdido, tomó su lanza, la colocó en posición de ataque y dejó a su contrincante besando la arena. Así fue como se convirtió en el campeón del festival. Recibió su recompensa y se acercó a la princesa que se alegró mucho. El rey lo felicitó y le hizo entrega de su premio.

Mientras, Don Alonso, el segundo, que siempre había sido la sombra de Nuño, decidió que le ganaría en el próximo torneo, fuera donde fuese. Entrenó mucho, era su único objetivo en la vida. Pero una tarde, don Nuño vio a Alfonso practicando, ya sabía que Alfonso quería ganarle y que no cesaría en su empeño. No solo era ganar, era recuperar el honor perdido. Al año siguiente, en el festival, se retaron uno al otro. Cuando empezaron a luchar, irguieron sus lanzas y los dos chocaron a la par contra sendos escudo. Cayeron a tierra. Ya con los cuerpos en la arena, no era segura la victoria de ninguno; las fuerzas estaban muy igualadas. Después de todos los combates solo quedaron ellos dos. Al final, don Alfonso demostró más fuerza y astucia en la pelea, y consiguió derrotar a don Nuño. El rey le dio su premio, lo felicitó y se convirtió en el jefe del ejército y en el prometido de su hija, la princesa doña Leonor.


CARLOS LÚQUEZ PRADO, 1º D


UNA ESPADA DE DIAMANTES

Corría el año 1211 cuando me tuve que enfrentar al conde Niebla, un caballero guapo, alto y fornido. Era una lucha para conseguir el castillo del Alcor donde se encontraban grandes tesoros almacenados desde el principio de la conquista; de todos, el más preciado era el de los Reyes de Murcia, compuesto por mil monedas de oro, tres coronas y, lo más importante, una espada de diamantes que daba poderes.

Ya en el bosque, se vio el poder superior de mi lanza, que atravesó el cuerpo de varios caballeros, antes de llegar al torso de mi peor enemigo, Niebla. Llena de sangre y doblada, de tantas veces que la había lanzado, aproveché un pequeño hueco entre dos árboles, el lanzamiento era arriesgado, ya que si fallaba no tenía una segunda oportunidad. Sudado y con las manos temblorosas, me preparé para lanzarla, medí la distancia que había y aproveché que justo estaba pasando; sin pensarlo, lancé y crush, gracias a la curvatura de la lanza, atravesé al conde, dándole justo el corazón. El ejército, con el cuerpo en tierra de su superior, se rindió ante mí y pasaron a ser mis leales vasallos.

Por fin, el castillo era mío. Pasadas unas horas, y después de haber descansado y haberme desprendido de mi pesada armadura, accedí al sótano oscuro y tenebroso, prendí la antorcha y despertaron animales variopintos saliendo de su escondrijo: ratones, cucarachas, murciélagos y varias especies que no había visto en mi vida. Me acerqué al cofre que estaba lleno de polvo. Lo abrí y empezó a brillar. Allí, en su interior, estaba el famoso tesoro de Murcia. Alcé la famosa daga para ver lo hermosa que era y, en ese instante, todo a su alrededor empezó a ponerse de oro y brillante. Aquel tenebroso castillo se convirtió en un lugar alegre.

Desde aquel día, me convertí en el nuevo señor del castillo del Alcor. Y, gracias al poder de la espada de diamante, las guerras terminaron y el reino vivió años de riqueza y tranquilidad.

Cuenta la leyenda que, cuando el peligro regresaba, la espada volvía a brillar entre las sombras del castillo.

José Manuel Pineda Curiel, 1º D





No hay comentarios:

Publicar un comentario